No entiendo por qué siento indiferencia cuando oigo su nombre ni cómo es posible que hace tan solo dos meses estaba pegada a su voz que sonaba desde el otro lado del teléfono y cómo dejaba que su tono dibujase una duradera sonrisa en mi rostro.
El tiempo cambió el polo norte por el sur y nos desvió del camino guiado por una lejana luz debido a una razón que cada día la encuentro más lógica.
Era de esperar, no podía durar mucho más hacer de algo sensible un ente metafísico, platónico. Él no era para tanto aunque quisiera convencerme de ello.
Sus palabras no contenían la misma credibilidad con respecto a su comienzo. Su voz fue perdiendo fuerza conforme iba desnudando su alma. Sus actos no contenían tanto carácter de valentía y no podía atribuirle el perfil que tanto ha deseado. No hallaba valores que para mí son esenciales, ni principios sólidos. No se trataba de una mente transigente, adulta.
Sus mentiras se fueron desvelando. El giro del polo magnético descifró esa incógnita que permanecía flotante en mi cabeza. El otro lado de la moneda, que oculto perduró durante unos pocos meses, determinó ese final.
No se trata de un cambio de orientación sexual ni la casualidad o causalidad de haber dado con la persona adecuada. Es simplemente una luz que encandiló mi mirada y desvió mi atención a su mensaje, que estaba guardado en un baúl. Esa luminiscencia me dijo dónde estaba la llave para abrir el cofre.
Así que, para emprender mi nuevo camino, tenía que abandonar el lugar en el que me encontraba. Me despedí sin decirle adiós. Sin terminar quedó la despedida, entre confusión e indeterminación. Pero siento que el tiempo va completando la otra mitad desconocida.
Metí en mi mochila de excursionista botellas de curiosidad y esperanza y con mis pies recorrí una corta ruta que no costó mucho esfuerzo.
Entre la suave brisa y las nubes que acariciaban el suelo, hallaba en el horizonte un fondo estelar con un color llamativo. A mi derecha no encontraba viajeros. A mi izquierda no había dimensión ostensible. Sólo tenía que seguir el mapa de mi instinto y con intuición o sin ella daría, al fin y al cabo, en el destino al que estaba consagrada.
Sin gran sacrificio, el tiempo me trasportó inminentemente. Llegué y ante mi insignificante presencia se encontraba un geométrico palacio de dimensiones cósmicas, con elementos ornamentales jamás imaginados en un ambiente fugaz.
Numerosas imágenes pasaban en poco tiempo. No sé si estaba sometida a una especie de sueño engañador o de realidad efímera y a la vez dilatada. Pero debía entrar a pesar de su altiva y acogedora presencia. Dibujé en mi mente una interrogación. No comprendía la verdad ni la razón. El castillo de pesadas columnas y vasta base me atraía. Quizá fue fruto de mi curiosidad, pero dí pasos agigantados para acceder. Abandoné la tierra cambiante y decidí entrar.
Un clima gélido-cálido, colores pasionales, borrosos, cristalinos e insípidos contenía la corriente. Podía contemplar cómo el ambiente se agrupaba en diferentes masas de aire y se desplazaba, versátil, de lado a lado. Ascendía, descendía.
Entonces, me pregunté si ese castillo era tan sabio como aparentemente parecía resultar. Parecía un castillo dudoso, indeciso, dubitativo y, si bien era cierto que no había nada constante, a pesar de las apariciones de aisladas palabras en el aire que intentaban mostrar lo contrario. Mis ojos fueron artífices de lo contemplado y la voz de mi mirada puede contar lo que palpé.
Con el fin de asegurar mi teoría, me acerqué al suelo y con mis dedos toqué su material. Me dejó extraña. La mano podía descender sin límite. Parecía una especie de base frágil que cuando pretendías desvestirla se quebrantaba a pedazos líquidos y gaseosos.
Confusa y extraña, me incorporé y miré la infinita cúpula sostenida por dos pilares. Rocé uno de ellos y se desplomó. Cogí una porción como consecuencia de su derrumbamiento y se desvaneció de mis manos. Observé que el material se desmayó y volvió a caer al suelo.
Parece que cuando curioseas y pretendes interiorizarte en él a causa de la atracción que provoca, descubres que eres más grande que él, más fornido que él.
Hubo una especie de agitación en el suelo y todas las dimensiones colosales comenzaron a reducirse considerablemente. En pocos segundos su estructura se metamorfoseó en forma de un ser humano, más bien un ser, el adjetivo humano, con ciertos matices, le quedaba demasiado grande. Pretendía engañarme con su aparente corpulencia, majestuosidad y consideración. Mi respeto dirigido hacia ese ser galáctico se esfumó con la verdad.
Realmente era alguien-algo.
Me dejó tan insatisfecha e incompleta al conocer la verdad. Su hipocresía pudo con mi devoción.
Ahora comprendo esa indiferencia que comentaba al principio, aunque a veces sienta lo contrario al ver cómo usa su doblez con otros seres que contienen el adjetivo humano.
Fácilmente encontré la llave a mi espalda pero quizás debería entregártela para que un día logres algo. Un día cambiarás, un día serás hombre, un día madurarás, cuando descubras quien eres, te aceptes y trabajes por ganarte el respeto de hombre y ser humano como tal. Trabajar y sacrificio son síntomas elementales para ser alguien de verdad.
Laylafeelings